Mono y Esencia de Aldous Huxley (Algunos párrafos, spoiler).



- ¿Dónde estoy? -pregunta.

-En el Impia Impiorum-contesta el Archimandrita-. Y ahí está su eminencia.

El doctor Poole reconoce al gran hombre y tiene la suficiente presencia de espíritu para inclinar la cabeza respetuosamente.

- Traigan un taburete-ordena el Archivicario.

Traen el taburete. El Archivicario hace seña de acercarse al doctor Poole, y este consigue ponerse en pie, cruza valientemente la sala y se sienta. Al hacerlo, un alarido especialmente largo le hace volver la cabeza.

(Toma a larga distancia, desde su punto de vista, del Altar Mayor. El Patriarca se dispone a arrojar a otro pequeño monstruo a las tinieblas, mientras sus acólitos hacen car una lluvia de golpes sobre la madre, que chilla).

(Corte y vuelta al doctor Poole, que se estremece y cubre su rostro con las manos. Durante esta toma se oye el monótono canto de la congregación: “¡Sangre, sangre, sangre!”).

- ¡Horrible! - dice el doctor Poole-. ¡Es horrible!

- Sin embargo, también hay sangre en tu religión-observa el Archivicario, sonriendo irónicamente-. “Purificados en la sangre del cordero”. ¿No es así?

- Así es-admite el doctor Poole-. Pero no hacemos realmente la purificación. Solo hablamos de ella… o, más a menudo, solo la cantamos en himnos.

El doctor Poole aparta la vista. Hay un silencio. En este momento el Postulante se acerca con una gran fuente y, junto con un par de botellas, la coloca en una mesa, junto al lecho. Atravesando una de las patas de cerdo con una autentica falsificación novecentista de un tenedor del periodo georgino, el Archivicario se pone a roer.

-Sírvete -le ordena entre dos bocados-. Y ahí tienes vino-añade señalando una de las botellas.

El doctor Poole, que está muy hambriento, obedece con presteza, y hay otro silencio, lleno del ruido del comedor y la salmodia de la sangre.

- Tu no lo crees, por supuesto-dice el Archivicario al fin, con la boca llena.

- Le aseguro…-protesta el doctor Poole.

Su celo por afirmar su falsa creencia es excesivo, y el otro levanta una gorda y grasienta mano.

- ¡Vaya, vaya!... Pero quiero que sepas que tenemos buenas razones para nuestras creencias. Nuestra fe, amigo mío, es racional y realista. – Hay una pausa, mientras el eclesiástico toma un trago de la botella y se sirve otra pata-. Supongo que estas familiarizado con la historia del mundo.

-Como un mero aficionado-contesta el doctor Poole afectando modestia. Pero se atreve a decir que leído las obras más obvias sobre el tema: la Elevación y extinción de Rusia, de Graves, por ejemplo; el Derrumbe de la civilización Occidental, de Basedow; la inimitable Autopsia de Europa, de Bright; y, no hay que decirlo, ese libro deleitoso y, aunque solo sea una novela, auténticamente veraz: Los últimos días de Coney Island, del simpático Percival Pott-. Lo conoce usted, ¿no es cierto?

El Archivicario mueve negativamente la cabeza.

- No conozco nada de lo publicado después de Aquello-contesta secamente.

- ¡Que estupidez la mía! - exclama el doctor Poole, lamentando, como tan a menudo en el pasado, la extrema locuacidad con que sobrecompensa una timidez que, sin correcciones lo reduciría casi a la mudez.

- Pero he leído mucho de lo que se editó antes-continua el Archivicario-, tenían algunas bibliotecas harto buenas aquí, en la California del Sur. Explotadas ahora en su mayor parte. En el futuro tendremos que ir más lejos, según me temo, en busca de combustible. Pero entretanto hemos cocido nuestro pan y he conseguido salvar tres o cuatro mil volúmenes para nuestro Seminario.

- Como la Iglesia en la Edad Media- dice el doctor con culto entusiasmo-. La civilización no tiene mejor amiga que la religión. Esto es lo que jamás mis agnósticos amigos…

Recordando de pronto que los credos de aquella iglesia no eran exactamente que los profesados por esta, se interrumpe y, para ocultar su confusión, toma un largo trago. Pero afortunadamente el Archivicario está demasiado preocupado con sus propias ideas para ofenderse con el faux pas o aun percatarse de que lo han dado.

-A mi entender-dice- la historia es esto: el hombre luchando contra la Naturaleza, el Yo contra el Orden de las cosas, Belial-rutinario signo de los cuernos- contra el Otro. Durante cien mil años poco más o menos la batalla es siempre indecisa. Luego, tres siglos atrás, casi de la noche a la mañana la marea empieza a correr casi ininterrumpidamente en una dirección. Te sirves otra patita, ¿no?

El doctor Poole se sirve la segunda pata, mientras el otro empieza la tercera.

-Lentamente al principio, luego con creciente fuerza, el hombre empieza avanzar contra el Orden de las Cosas. -El Archivicario hace una pausa para escupir un trozo de cartílago. - Con una parte cada vez mayor de la raza humana a sus espaldas, el Señor de las Moscas, que es asimismo el Moscardon de cada corazón, inaugura su marcha triunfal a través de un mundo del que pronto será el Amo indiscutido.

Arrastrado por su chillona elocuencia y olvidando por un momento que no se encuentra en el púlpito de San Azazel, el Archivicario hace un amplio ademán. La patita salta de su tenedor. Riéndose con buen humor de sí mismo, la recoge del suelo, la lim­pia en la manga de su sotana de piel de cabra, da otro bocado y continúa:

-Empezó con las máquinas y los primeros em­barques desde el Nuevo Mundo. Alimento para los hambrientos y un gran peso quitado de los hombros humanos. "¡Oh Dios!, gracias Te damos por todas las bendiciones que con Tu Munificencia nos…" Etcétera, etcétera. -El Archivicario se ríe burlona­mente. - Excusado es decir que nadie obtiene algo por nada. La munificencia de Dios tiene su precio, y Belial se ocupa siempre de que sea elevado. Veamos esas máquinas, por ejemplo. Belial sabía perfecta­mente que, al hallar algún alivio del trabajo, la carne quedaría subordinada al hierro, y la mente se con­vertiría en esclava de las ruedas. Sabía que, si una máquina es a prueba de tontos, debe también ser a prueba de habilidad, de talento, de inspiración. Se devuelve el dinero si se comprueba que el producto es defectuoso y se devuelve el doble si se puede en­contrar en él, el menor rastro de genio o individuali­dad. Y luego allí estaba aquel buen alimento proce­dente del Nuevo Mundo. "¡Oh Dios!, gracias Te da­mos. . ." Pero Belial sabía que alimentar significa criar. En los viejos días, cuando la gente se hacia el amor, meramente aumentaba el índice de mortalidad infantil y mermaba el de longevidad. Pero con los envíos de materias alimentarias, la cosa variaba. Co­pularse era poblar... y ¡de qué modo!

El Archivicario vuelve a soltar sus chillidos de risa. Esfumado a una toma, a través de un potente mi­croscopio, de espermatozoos que se esfuerzan frené­ticamente en alcanzar su Objetivo Final, el vasto óvulo, de aspecto lunar, que ocupa el ángulo supe­rior izquierdo del portaobjetos. En el registro de so­nidos oímos la voz de tenor del último movimiento de la "Sinfonía de Fausto" de Liszt: Lafemme éternelle toujours nous éleve. La femme éterneile toujours.

Corte a una vista aérea de Londres en 1800. Luego, vuelta a la carrera darwiniana por la supervivencia y perpetuación de la raza. Luego a una vista de Lon­dres en 1900... y de nuevo a los espermatozoos... y de nuevo a Londres, como los aviadores alemanes lo vieron en 1940. Esfumado a una toma, a corta distancia, del Archivicario.

-"¡Oh Dios -entona "con la voz levemente tré­mula que se considera siempre apropiada para tales emisiones-, gracias Te damos por todas estas almas inmortales!" -Luego, cambiando de tono: - Estas almas inmortales -continúa- alojadas en cuerpos que son cada vez más enfermizos, desmedrados, ro­ñosos, año tras año, como inevitablemente ocurren todas las cosas previstas por Belial. La saturación del planeta. Quinientas, ochocientas, a veces hasta dos mil personas por milla cuadrada productora de ali­mento. . . y la tierra en proceso de arruinarse por cultivo deficiente. En todas partes, la erosión; en todas partes, lixiviación y pérdida de minerales. Y ex­tensión de los desiertos y merma de bosques. Hasta en América, hasta en el Nuevo Mundo, que había sido la esperanza del Viejo. Sube la espiral de la industria, baja la espiral de la fertilidad del suelo. Más grandes y mejores, más ricos y poderosos... y luego, casi súbitamente, más y más hambrientos. Sí, Belial lo previó todo: el paso del hambre al alimento im­portado, del alimento importado al gran incremento de población, y de éste otra vez al hambre. Hambre otra vez. El Hambre Nueva, el Hambre Grande, el hambre de enormes proletariados de la industria, el hambre de los ciudadanos con dinero, con todas las comodidades modernas, con coches y radios y todos los nuevos dispositivos imaginables, el hambre que es la causa de las guerras totales que son causa de todavía más hambre.

El Archivicario hace una pausa para sacar otro trago de la botella.

-Y recuerda esto -añade-: aun sin el muermo sintético, aun sin la bomba atómica, Belial habría podido alcanzar Su propósito. Con mayor lentitud, quizá, pero con la misma seguridad, los hombres se habrían destruido a sí mismos destruyendo el mundo en que vivían. No podían escapar. Los tenía atrapa­dos en ambos cuernos. Si conseguían zafarse del cuer­no de la guerra total, se hallaban empalados en el de la hambruna. Y si hambreaban, se hallaban ten­tados a recurrir a la guerra. Y por si acaso intentaban una salida racional y pacífica de su dilema, Él ya tenía listo otro cuerno de autodestrucción más sutil. Desde el principio mismo de la revolución industrial, previó que los hombres se volverían arrogantemente engreídos con los milagros de su propia tecnología, que perderían pronto todo sentido de la realidad. Y esto es precisamente lo que sucedió. Esos misera­bles esclavos de las máquinas y la contabilidad empezaron ­a felicitarse como Conquistadores de la Na­turaleza. ¡Buenos conquistadores, a fe! Por supuesto, no habían hecho otra cosa que perturbar el equili­brio de la Naturaleza y pronto habrían de sufrir las Consecuencias. Considera lo que estuvieron haciendo durante el siglo y medio anterior a Aquello. Ensu­ciaban los ríos, exterminaban los animales silvestres, destruían los bosques, dejaban arrastrar hacia el mar las capas superiores del suelo, quemaban un océano de petróleo, derrochaban los minerales que habían necesitado todo el tiempo geológico para depositarse. Una orgía de imbecilidad criminal. Y lo llamaban Progreso Progreso -repite el Archivicario-, ¡Pro­greso! Te digo que es una invención demasiado singular para ser producto de una mente meramente humana... ¡demasiado diabólicamente irónica! Era precisa Ayuda Externa para eso. Era precisa la Gracia de Belial, que, por supuesto, siempre está dispues­ta. . . para todo el que lo esté a cooperar con ella. Y ¿quién no lo está?

-¿Quién no lo está? -repite el Dr. Poole con una risita; pues cree que ha de subsanar de algún modo el error cometido con su referencia a la Igle­sia de la Edad Media.

-Progreso y Nacionalismo... he aquí las dos grandes ideas que les metió Él en la cabeza. El Progreso: la teoría de que se puede obtener algo por nada; la teoría de que se puede ganar en un campo sin pagar en otro por la ganancia; la teoría de que únicamente uno mismo entiende el significado de la historia; la teoría de que se sabe lo que va a ocurrir cincuenta años más tarde; la teoría de que, en las barbas de toda experiencia, puede uno prever todas las consecuencias de sus actos presentes; la teoría de que Utopía se encuentra a pocos pasos y, pues fines ideales justifican los medios más abominables, tiene uno el privilegio y el deber de robar, engañar, tor­turar, esclavizar y asesinar a todos los que, en su opinión (que es por definición infalible), obstruyen la marcha adelante hacia el paraíso terrenal. Recuer­da aquella frase de Karl Marx: "La fuerza es la co­madrona del Progreso." Habría podido añadir (mas, por supuesto, Belial no quería que se le viera la oreja al asunto en esa primera etapa del proceso) que el Progreso es la comadrona de la Fuerza. Doblemente comadrona, pues el progreso tecnológico suministra a la gente los instrumentos para una destrucción cada vez más indistinta, mientras que el mito del progreso político y moral sirve de excusa para usar esos medios hasta el límite. Te digo, amigo mío, que un historiador ­no devoto está loco. Cuanto más se estudia la historia moderna, más pruebas se encuentran de la Mano Guiadora de Belial -El Archivicario hace la señal de los cuernos, se refresca con otro traguito y continua.- Y luego ahí estaba el Nacionalismo: la teoría de que el Estado de que uno es súbdito es el único verdadero dios y todos los demás Estados son dioses falsos; de que todos estos dioses, así verdaderos como falsos, tienen la mentalidad de delincuentes juveniles, y de que todo conflicto acerca del prestigio, poder o dinero es una cruzada por lo Bueno, lo Ver­dadero y lo Bello. El hecho de que tales teorías fue­ran, en un momento dado de la historia, universalmente ­aceptadas, es la mejor prueba de la existencia Belial, la mejor prueba de que por fin había ganado la batalla.

-No acabo de verlo -dice el Dr. Poole.

-¡Es obvio, amigo mío! Tenemos ahí dos ideas. Cada una es intrínsecamente absurda, cada una conduce ­a líneas de conducta que son demostrablemente fatales. Sin embargo, toda la humanidad civilizada decide, casi súbitamente, aceptar estas ideas como guías de conducta. ¿Por qué? ¿Quién lo sugirió? ¿Quién lo inspiró? Sólo puede haber una respuesta.

-¿Quiere usted decir. . .? ¿Piensa usted que fue... el Demonio?

-¿Quién más desea la degradación y destrucción de la raza humana?

-Cierto, cierto -dice el Dr. Poole-. De todos modos, como cristiano protestante, realmente no puedo...

-¿Así estamos? -dice el Archivicario sarcásti­camente-. Entonces eres más sabio que Lutero, más sabio que toda la Iglesia Cristiana. ¿Te das cuenta, amigo, de que desde el segundo siglo en adelante nin­gún cristiano ortodoxo ha creído que un hombre pudiese ser poseído por Dios? Sólo podía ser poseído por el Demonio. Y ¿por qué creía esto la gente? Porque los hechos hacían imposible que creyese de otro modo. Belial es un hecho, Moloc es un hecho, la posesión diabólica es un hecho.

-¡Protesto! -exclama el Dr. Poole-. Como hombre de ciencia...

-Como hombre de ciencia debes aceptar la hipó­tesis provisional que explica los hechos de la ma­nera más plausible. Pues bien, ¿cuáles son los hechos? El primero es un hecho de experiencia y observación, a saber, el de que nadie desea sufrir, nadie desea que le degraden, ni que le mutilen, ni morir. El segundo es un hecho de historia: el hecho de que, en una época determinada, una abrumadora mayoría de los seres humanos aceptaron creencias y adoptaron líneas de conducta que no podían producir otros resultados que el sufrimiento universal, una degradación gene­ral y la destrucción en grande. La única explicación plausible es la de que fueron inspirados o poseídos por una conciencia ajena, una conciencia que quiso su ruina, y la quiso con una voluntad más fuerte que la que ellos ponían en querer su propia felicidad y supervivencia.

Hay un silencio.

-Por supuesto -se atreve a decir por fin el Dr. Poole-, estos hechos podrían explicarse de otro modo.

-Pero no de modo tan plausible, ni tan simple -insiste el Archivicario-. Y luego considera todas las demás pruebas. Toma la primera Guerra Mundial, por ejemplo. Si el pueblo y los políticos no hubiesen estado poseídos, habrían escuchado a Benedicto XV o a Lord Lansdowne, habrían llegado a una transac­ción, habrían negociado una paz sin vencidos ni ven­cedores. Pero no podían, no podían. Les era imposible obrar de acuerdo con su propio interés. Habían de hacer lo que en ellos mandaba....... y el Belial que había en ellos quería la Revolución co­munista, quería la reacción fascista a esa Revolución, quería a Mussolini, a Hitler y al Politburó; quería el hambre, la inflación y la crisis; quería armamentos como remedio para el desempleo; quería la persecu­ción de los judíos y los kulaks; quería que los nazis y los comunistas se repartieran a Polonia y luego lucharan entre sí. Y quería también el restableci­miento en grande de la esclavitud en su forma más brutal. Quería que hubiese migraciones forzadas y pauperización en masa. Quería campos de concentra­ción, cámaras de gas y hornos incineradores. Quería los bombardeos de saturación (¡qué delicia de expre­sión jugosa!). Quería la destrucción, de la noche a la mañana, de la riqueza acumulada en un siglo y de todas las potencialidades de futura prosperidad, decencia, libertad y cultura. Belial quería todo esto y, siendo el Gran Moscardón existente en los corazones de los políticos y generales, de los periodistas y el Hombre ordinario, pudo fácilmente hacer que el Papa fuese desoído hasta por los católicos y Lansdowne condenando como mal patriota, casi como traidor. Y así la guerra se arrastró durante cuatro años enteros; y después todo marchó de acuerdo puntual con el Plan. La situación mundial fue derechamente de mal en peor y, a medida que empeoraba, hombres y mujeres fueron cada vez más dóciles a las indicaciones del Espíritu Impío. Las viejas creencias en el valor del alma individual se desvanecieron; las viejas restricciones perdieron su eficacia; las viejas compunciones y compasiones se evaporaron. Todo lo que el Otro le había metido a la gente en la cabeza se rezumó hacia afuera, y el vacío resultante fue llenado con los insanos sueños del Progreso y el Nacionalismo. Concedida la validez de esos sueños, lo que siguió que la mera gente concreta no era mejor que hormigas y chinches y podía ser tratada en consecuencia. Y fue tratada en consecuencia, ¡ya lo creo!

El Archivicario suelta otro chillido de risa y se sirve otra patita.

-Para su periodo -continua- el viejo Hitler fue una muestra harto buena de demoníaco. No tan plenamente poseído, claro está, como muchos de los grandes líderes nacionales de los años transcurridos entre 1945 y el comienzo de la tercera Guerra Mun­dial, pero distintamente superior al promedio de su propio tiempo. Más que casi cualquiera de sus con­temporáneos tenía derecho a decir: "No yo, sino Belial en mí." Los demás estaban poseídos sólo a trechos, sólo en ciertos momentos. Considera a los científicos, por ejemplo. Hombres buenos, bienintencionados, en su mayor parte. Pero Él logró asirlos de todos modos, los asió por el lado en que dejaban de ser seres humanos para ser especialistas. De ahí la guerra bacteriológica y las bombas. Y luego recuerda aquel ... ¿cómo se llamaba?... el que fue Presi­dente de los Estados Unidos por tan largo tiempo...

-¿Roosevelt? -sugiere el Dr. Poole.

-Eso es... Roosevelt. ¿Te acuerdas de aquella frase que estuvo repitiendo durante toda la segunda Guerra Mundial? "Rendición incondicional, rendición incondicional." Inspiración plenaria. . . he aquí lo que era. ¡Inspiración plenaria y directa!

-Eso dice usted -objeta el Dr. Poole-. Pero ¿cuál es su prueba?

-¿La prueba? -repite el Archivicario-. La prue­ba está en toda la historia subsiguiente. Mira lo que ocurrió cuando la frase se convirtió en línea de con­ducta y fue realmente puesta en práctica. Rendición incondicional... ¿Cuántos millones de nuevos casos de tuberculosis? ¿Cuántos millones de niños forzados a robar o a prostituirse por barritas de chocolate? Belial estaba especialmente satisfecho con lo de los niños. Rendición incondicional... la ruina de Euro­pa, el caos en Asia, hambruna en todas partes, revo­luciones, tiranías. Rendición incondicional. . . y más inocentes tuvieron que experimentar peores sufrimien­tos que en ningún otro período de la historia. Y, como sabes muy bien, no hay nada que le guste más a Belial que el sufrimiento de inocentes. Y final­mente, claro está, vino Aquello. Rendición incondi­cional y ¡pum!... tal como Él lo había querido siem­pre. Y todo ocurrió sin ningún milagro ni interven­ción especial, sólo por medios naturales. Cuanto más uno piensa en el modo de obrar de Su Providencia, más insondablemente maravillosa parece. -Devota­mente, el Archivicario hace la señal de los cuernos. Hay una pequeña pausa. - Escucha -dice, levan­tando la mano.

Durante unos segundos permanecen callados. La vaga, borrosa monotonía de la salmodia hinchase hasta ser oída. "Sangre, sangre, sangre, la sangre... Se oye un débil grito al ser otro pequeño monstruo espetado en el cuchillo del Patriarca, luego el golpear de los vergajos sobre carne y, perforando el exaltado rugido de la congregación, una sucesión de fuertes alaridos, apenas humanos.

-Cuesta creer que haya podido producirnos a nosotros sin un milagro -continúa pensativamente el Archivicario-. Pero lo hizo, lo hizo. Por medios puramente naturales, usando a los seres humanos y su ciencia como instrumentos. Creó una raza de hom­bres enteramente nueva, con la deformidad en la san­gre, completamente rodeados de inmundicia y, para el futuro, sin otra perspectiva que la de más in­mundicia, peor deformidad y, finalmente, la extin­ción completa. Sí, terrible es caer en manos del Mal Viviente.

-Entonces -pregunta el Dr. Poole-, ¿por qué continúan ustedes adorándolo?

- ¿Por qué se arroja carne a un tigre que gruñe? Para lograr un momento de respiro. Para aplazar el horror de lo inevitable, aunque sólo sea por unos minutos. Así en la tierra como es en el Infierno... pero por lo menos se está todavía en la tierra.

-No parece que valga la pena -dice el Dr. Poole en el tono filosófico del que acaba de comer.

Otro alarido insólitamente agudo le hace volver la cabeza hacia la puerta. Observa durante un rato en silencio. Esta vez, en su expresión, el horror ha sido considerablemente mitigado por la curiosidad cien­tífica.

-Te vas acostumbrando, ¿no? -dice cordialmen­te el Archivicario.

NARRADOR

Conciencia, costumbre... La primera hace cobardes, hace santos de nosotros a veces, hace seres humanos. 
La otra hace Patriotas, Papistas, Protestantes, hace Babbitts, Sadistas, Suecos o Eslovacos, hace matadores de gulags, exterminadores de Judíos, hace a todos los que desgarran, por elevados móviles, la estremecida carne, sin escrúpulo ni pregunta que echen a perder su certeza de Supremo Servicio.

Sí, amigos míos, recordad cuán indignados, en otro tiempo, os sentisteis cuando los turcos ultimaban una cuota de armenios mayor que la ordinaria, cómo daban gracias a Dios por vivir en un país protestante, progresista, donde tales cosas era imposible que ocu­rriesen… imposible, porque los hombres llevaban sombrero hongo y viajaban diariamente a la ciudad en el tren de las ocho veintitrés. Y luego reflexionad sobre algunos de los horrores que ahora dan por supuestos; los atentados contra la más rudimentaria decencia humana que han sido perpetrados por causa vuestra (y aun quizá por vuestras propias manos); las atrocidades que ve vuestra niñita, cuando la lleváis al cine dos veces por semana, en el noticiero... y ella las encuentra ordinarias y aburridas. En veinte años más, a este paso, vuestros nietos manipularán su aparato de televisión para contemplar luchas gladia­torias; y, cuando estas empiecen a perder el sabor, habrá el espectáculo de la crucifixión en masa, por el ejército, de los Recalcitrantes por Conciencia o la desollación en vida, a pleno color, de las setenta mil personas en quienes se sospecha, en Tegucipalpa, ac­tividades antihondureñas.

Entretanto, en el Impia Impiórum, el Dr. Poole está todavía mirando por la abertura que queda entre las hojas de la puerta. El Archivicario se monda los dientes. Hay un cómodo silencio de sobremesa. De pronto el Dr. Poole se vuelve hacia su compañero.

-Algo ocurre -exclama, excitado-. Dejan sus asientos.

-Hace bastante rato que lo espero -contesta el Archivicario, sin dejar de limpiarse los dientes-. Es la sangre la que lo hace. Esto y, por supuesto, los azotes.

-Están saltando al ruedo -continúa el Dr. Poole-. Están corriendo unos tras otros. ¿Qué es eso?… ¡Dios mío! ¡Oh, perdón! -añade apresura­damente-. Pero la verdad es que... -Muy agitado, se aparta de la puerta. - Hay límites -dice.

-Ahí está tu error -dice el Archivicario-. No hay límites. Todos son capaces de todo... de todo.

El Dr. Poole no contesta. Atraído irresistiblemen­te por una fuerza superior a su voluntad, ha vuelto al sitio que ocupaba y está mirando, con avidez y horror, lo que sucede en la arena.

-¡Es monstruoso! -exclama indignado-. ¡Abo­minable!

El Archivicario se levanta pesadamente del lecho y, abriendo una pequeña alacena enclavada en el muro, saca unos gemelos de campo que pone en manos del doctor.

-Mira con esto -dice-. Vidrios para la noche. Material de la Marina anterior a Aquello. Lo verás todo.

-Pero usted no imagina…

-No sólo me lo imagino -dice el Archivicario, con una sonrisa irónicamente benigna-, sino que lo veo con mis propios ojos. Vamos, hombre. Mira. Nunca viste cosa parecida en Nueva Zelanda.

-Cierto que no -dice el Dr. Poole con la clase de tono en que habría podido hablar su madre.

De todos modos, finalmente, levanta los gemelos y mira.

Toma de conjunto desde su punto de vista. Es una escena de sátiros y ninfas, de persecuciones y captu­ras, resistencias provocativas seguidas de entusiastas sumisiones de labios a peludos labios, de pechos ja­deantes a la impaciencia de rudas manos, acompañado todo de una babel de gritos, chillidos y carcajadas.

Corte y vuelta al Archivicario, cuyo rostro se frun­ce en una mueca de desdeñosa repugnancia.

-Como los gatos -dice por fin-. Pero los gatos tienen el decoro de no ser gregarios en sus galanteos. Y ¿aun tienes dudas sobre Belial... después de esto?

Hay una pausa.

-¿Fue esto algo que sucedió después... después de Aquello? -pregunta el Dr. Poole.

-En dos generaciones.

-¡Dos generaciones! -El Dr. Poole da un sil­bido. - No tiene nada de recesivo esta mutación. Y ¿no sé… no se sienten con ánimo de hacer esto en ninguna otra época?

-Estas cinco semanas nada más. Y sólo permi­timos dos semanas de verdadero ayuntamiento.

-¿Por qué?

El archivicario hace la señal de los cuernos.

-Por principio. Deben ser castigados por haber sido castigados. Es la Ley de Belial. Y puedo decir que realmente se la cargan si faltan a las reglas.

-Claro, claro -dice el Dr. Poole, recordando con aprensión su episodio con Loola entre las dunas.

-Es harto duro para los que revierten al viejo estilo de acoplarse.

-¿Son muchos?

-Entre el cinco y el diez por ciento de la Po­blación. Los llamamos "cálidos".

-Y ¿no se permite. . .?

- ¡Oh, no se imagina lo que los hacemos cuando los atrapamos!

-Pero ¡esto es monstruoso!

-Por supuesto -dice el Archivicario-. Pero re­cuerda la historia. Si se quiere solidaridad social, ha de haber un enemigo exterior o una minoría opri­mida. No tenemos enemigos externos; tenemos, pues, que sacar el mejor partido de nuestros cálidos. Son lo que los judíos eran bajo Hitler, lo que los bur­gueses bajo Lenín y Stalin, lo que los herejes solían ser en los países católicos, y los papistas bajo los pro­testantes. Si algo va mal, la culpa siempre es de los cálidos. No sé lo que haríamos sin ellos.

-Pero ¿no piensa usted nunca en lo que deben de sentir ellos?

-¿Por qué he de hacer semejante cosa? En pri­mer término, es la Ley. Condigno castigo por haber sido castigados. Además, si son discretos, no hay cas­tigo. Sólo tienen que evitar el tener hijos fuera de tiempo y ocultar el haberse enamorado y establecido relaciones permanentes con personas de distinto sexo. Y si no quieren ser discretos, siempre les queda el recurso de huir.

-¿Huir? ¿Dónde?

-Hay una pequeña comunidad hacia el norte, cerca de Fresno. Cálida en un ochenta y cinco por ciento. Es una jornada peligrosa, por supuesto. Muy poca agua en el camino. Y si los atrapamos, los ente­rramos vivos. Pero, si quieren correr el riesgo, tienen perfecta libertad de hacerlo. Y luego, finalmente, hay el sacerdocio. -Hace la señal de los cuernos. - Todo muchacho listo que muestre signos precoces de ser uno de los cálidos tiene el porvenir asegurado: le convertimos en sacerdote.

Pasan varios segundos antes de que el Dr. Poole se atreva a hacer su nueva pregunta.

-¿Quiere usted decir que...?

-Precisamente -dice el Archivicario-. Por la causa del Reino del Infierno. Sin hablar de las razones estrictamente prácticas. Al fin y al cabo, las tareas de la comunidad deben dirigirse, y es obvio que los laicos no están en condición de hacerlo.

El ruido del redondel sube hasta un momentáneo apogeo.

-¡Asqueroso! -chilla el Archivicario con una súbita intensificación de aborrecimiento-. Y esto no es nada comparado con lo que ocurrirá más ade­lante. ¡Cuán agradecido estoy por haber sido preser­vado de tal ignominia! No ellos, sino el Enemigo de la Humanidad encarnado en sus repugnantes cuer­pos. Ten la bondad de mirar para allá. -Atrae al Dr. Poole hacia sí y señala con su grueso índice. -A la izquierda del Altar Mayor, con aquel pequeño vaso pelirrojo. Ese es el Jefe. ¡El Jefe! -repite con énfasis burlón-. ¿Qué clase de jefe va a ser durante estas dos próximas semanas?

Resistiendo la tentación de hacer observaciones per­sonales sobre un hombre que, aunque temporalmente en retiro, está destinado a retomar el mando, el Dr. Poole suelta una risita nerviosa.

-Sí, es indudable que parece estarse aliviando de sus preocupaciones de estadista.

NARRADOR

Pero ¿por qué, por qué tendrá que aliviarse con Loola? ¡Vil bruto y desleal ramera! Mas hay por lo menos un consuelo... y para un hombre tímido, asediado por deseos que no se atreve a satisfacer, un consuelo muy grande: la conducta de Loola es prue­ba de una accesibilidad que, en Nueva Zelanda, en los círculos académicos, en la vecindad de su Madre, sólo podía soñarse furtivamente como algo demasiado bueno para ser cierto. Y no es solamente Loola la que se muestra accesible. Lo mismo están demostran­do, no menos activamente, no menos vocalmente, esas dos chicas mulatas; Flossie, la rolliza teutona color de miel; esa enorme matrona armenia; la ado­lescente con cabeza de estopa y grandes ojos azules.

-Sí, ése es nuestro Jefe -dice el Archivicario amargamente-. Hasta que él y los otros cerdos dejen de estar poseídos, la Iglesia toma todo a su cargo.

Incorregiblemente culto, pese a su abrumador deseo de encontrarse allá afuera con Loola (o casi cualquier otra, si es preciso), el Dr. Poole hace una adecuada observación acerca de la Autoridad Espiritual y el Poder Temporal.

El Archivicario no le hace caso.

-Bueno -dice animadamente-; ya es hora de que entre en funciones.



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 Él intenta aproximarse, pero ella le mantiene apar­tado con el brazo.

-No puede estar bien -dice ella.

-Pues lo está.

Ella mueve negativamente la cabeza.

-Es demasiado bueno para estarlo. Sería dema­siado feliz si esto fuera lo recto. El no quiere que seamos felices. -Una pausa. - ¿Por qué dices que Él no puede dañarnos?

-Porque existe algo más fuerte que Él.

- ¿Algo más fuerte? -Loola menea la cabeza incrédulamente. - Eso era lo que Él estuvo siempre combatiendo... y Él ganó.

-Sólo porque los hombres le ayudaron a ganar. Pero no están obligados a ayudarle. Y, recuérdalo, no puede nunca ganar definitivamente.

- ¿Por qué no?

-Porque nunca puede resistir la tentación de lle­var el mal hasta el extremo. Y cuando el mal es lle­vado al extremo, siempre se destruye a sí mismo. Tras lo cual, el Orden de las Cosas sube de nuevo a la superficie.

-Pero esto está muy lejos en el futuro.

-Para todo el mundo sí. Pero no para individuos solos; para ti y para mí, por ejemplo. Sea lo que sea lo que Belial puede haber hecho con el resto del mundo, tú y yo podemos siempre obrar de acuerdo con el Orden de las Cosas, no contra él.

Otro silencio.

-No acabo de entender lo que quieres decir -dice ella por fin- y no me importa. -Vuelve a acer­carse a él y apoya la cabeza en su hombro. - No me importa nada -continúa-. Que me mate si quiere. Ahora, no importa.

Levanta el rostro hacia el del doctor y, cuando éste se inclina para besarla> la imagen de la pantalla se desvanece en la oscuridad de una noche sin luna.


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